Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo:

La Cuaresma es un viaje del desierto de la muerte a las fuentes de la nueva vida. Seguimos a Jesús en el desierto para renovar nuestra alianza bautismal con el Padre. Durante este tiempo sagrado, morimos al pecado, y lavados de nuestro egocentrismo y apego al mundo, nos elevamos a la gracia y al amor divino. Al entrar en este tiempo privilegiado, reflexionemos una vez más sobre los tres medios que empleamos durante este viaje de cuarenta días de penitencia y conversión: la oración, el ayuno y la limosna.

Oración. La oración es simplemente una conversación con Dios, y San Pablo nos recuerda que esta conversación debe ser constante. El Apóstol de los Gentiles nos pide que “rezar en todo tiempo” (Efesios 6:18), “orar sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17), y “ser constantes en la oración” (Romanos 12:12). Orar de esta manera requiere un esfuerzo. Exige silencio, escuchar atentamente y permanecer en la presencia de Dios. En esta Cuaresma recordamos dos maneras poderosas de entrar en esta santa conversación: sentándonos en presencia del Santísimo Sacramento y a través de la Lectio Divina, una lectura orante de la Sagrada Escritura.

Ayuno. Los Padres de la Iglesia hablan ampliamente del poder del ayuno para romper el pecado y abrir nuestros corazones a la gracia de Dios. San Pedro Crisólogo escribe: “El ayuno es el alma de la oración, la misericordia es la savia del ayuno. Por tanto, si rezas, ayunas; si ayunas, muestra misericordia; si quieres que tu petición sea escuchada, escucha la petición de los demás. Si no cierras tu oído a los demás, abres el oído de Dios a ti mismo” (Sermón 43: PL 52, 320, 322). Recordemos también que el ayuno corporal es inútil si no va unido al ayuno espiritual, es decir, al ayuno de nuestras pasiones.

Limosna. La Escritura reúne las tres marcas de nuestro viaje cuaresmal y pone el énfasis en la última: “La oración y el ayuno son buenos, pero mejor que ambos es la limosna acompañada de la justicia… Es mejor dar limosna que acumular oro, porque la limosna salva de la muerte y expía todo pecado. Los que dan limosna regularmente gozarán de una vida plena” (Tobías 12,8-9). La limosna es mejor porque apunta a la caridad. Recordamos que no sólo debemos dar materialmente a los necesitados, sino también dar de nosotros mismos, pues amamos a Dios y al prójimo.

El pasado mes de octubre, el Papa Francisco invitó a la Iglesia a un sínodo sobre la sinodalidad. El Santo Padre quiere que la Iglesia camine unida en un proceso de varios años escuchándose unos a otros, escuchando la Palabra y celebrando la Eucaristía. Mientras caminamos hacia la Pascua, estemos unidos en mente y espíritu. Que los ejercicios espirituales de la oración, el ayuno y la limosna nos preparen para la Pascua y la experiencia del poder de Dios, que “disipa la maldad, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos y la alegría a los dolientes, expulsa el odio, fomenta la concordia y derriba a los poderosos” (Pregón Pascual – Exsultet). Entonces, vivos en Cristo, podemos avanzar evangelizando, como querría el Papa Francisco, con parresía: “La audacia, el entusiasmo, la libertad de hablar, [y] el fervor apostólico” (Gaudete et Exsultate 129).

Que la presencia amorosa de la Santísima Virgen María, que permaneció fiel a su hijo al pie de la cruz, nos proteja y sostenga en nuestro camino cuaresmal.

Sinceramente suyo en Cristo,
Reverendísimo John O. Barres
Obispo de Rockville Centre

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